"Vivir a través del miedo"

Nuevamente envío uno de mis relatos a un concurso internacional literario: "El niño que no fui".

Y recibo los siguientes comentarios de la editorial:

 "Estimada Luisa
 
De los 1.325 relatos recibidos, tu texto “Vivir a través del miedo” logró avanzar hasta la fase final de evaluación, integrando el grupo de 67 cuentos que despertaron el interés y la valoración del jurado del Concurso Internacional de Cuento “El niño que no fui”, organizado por Editorial Luminaria.
 
Alcanzar esta etapa representa un reconocimiento a la fuerza reflexiva y solidez de tu propuesta narrativa dentro del proceso de selección.
 
¡Felicitaciones!
Con respecto a tu cuento, el jurado otorgó el siguiente puntaje y concepto:
 
Puntaje final: 95/100
Originalidad: 19/20
Impacto narrativo: 19/20
Desarrollo del tema: 19/20
Calidad literaria: 19/20
Construcción del personaje: 19/20
 
Comentario del jurado:
 
El relato propone una reflexión íntima sobre la presencia constante del miedo a lo largo de la vida. A través de una voz narrativa que revisa su infancia desde la madurez, el texto muestra cómo ciertas emociones se instalan tempranamente y acompañan el desarrollo personal. La narración articula memoria, introspección y aceptación, construyendo una mirada donde el miedo deja de ser únicamente amenaza para convertirse también en una experiencia comprendida y resignificada con el paso del tiempo."

VIVIR A TRAVÉS DEL MIEDO

Memorias de una vida acompañada por la sombra y luz
Empiezo hablando de lo que significó para mí el Miedo. No puedo recordar con precisión cuándo comenzó a habitarme, pero sí sé que, desde muy temprano, en mi infancia, se volvió mi compañero inseparable. Un duende que se colaba entre mis pensamientos, con quien conversaba en silencio, bajito, como un arrullo que jamás me abandonó, aun después de mi infancia.

Durante años pensé que el miedo era algo externo, una sombra que se proyectaba sobre mí desde el mundo. Pero con el tiempo, en mi adultez, fui entendiendo que había echado raíces adentro, en algún rincón donde se mezclaban mi infancia y mis silencios.

Ya soy adulta mayor, y después de tanto transitar, me descubro todavía con miedo. Pero hoy, a diferencia de antes, puedo decir que ya no tengo miedo de tener miedo.

He aprendido a reconocerlo, a mirarlo de frente. Solo que hay días en los que me pesa más que nunca; días en los que quisiera flotar en el aire, lejos de la densidad de mis angustias.

Cuando el miedo tomó forma. El miedo no siempre fue una emoción: en algún punto, se volvió una presencia. Tomó cuerpo, respiración, y empezó a ocupar mi espacio interior.
Hoy, escribiendo esta historia, Lo imagino como una criatura silenciosa, de ojos grandes y atentos, que se alimentaba de mi energía vital.

Su peso era aplastante, un estorbo que me doblaba los hombros, que me impedía avanzar. Era invisible para los demás, pero yo lo sentía tan real como mis propios huesos.
A veces el miedo se disfrazaba de prudencia; otras, de voz interior que me advertía sobre los riesgos del amor, del fracaso, del cambio. Me decía: “No te expongas, no digas demasiado, no confíes tanto”. Y yo lo escuchaba, porque creía que me protegía.

Pero la protección tiene un precio. Cada vez que le hacía caso, una parte de mí se encogía, se marchitaba. Dejaba de intentar, de soñar, de atreverme. Después de años de sometimiento, comprendí que ese miedo no me cuidaba: me retenía. No quería que creciera, quería que permaneciera bajo su control.

Hubo etapas en que la vida parecía avanzar y yo con ella, pero dentro de mí seguía latiendo una inquietud constante, algo que no me dejaba disfrutar el presente, una necesidad de tener relaciones y cosas, pero que parecían inalcanzables o cuando lograba obtenerlas nunca era suficiente. El Miedo se transformó en una constante, de perder, miedo a decepcionar, miedo a no ser suficiente.

Y, en los silencios más profundos, el miedo a mí misma: a descubrir que tal vez no era capaz de ser feliz.

El cansancio del alma. 
Hay un cansancio que no se cura con dormir. Un cansancio que se instala en el alma, donde ni el cuerpo ni la mente pueden llegar.

Durante mucho tiempo viví con esa fatiga invisible. Despertaba con el corazón pesado, como si hubiera pasado la noche sosteniendo un peso que no me pertenecía. Caminaba, trabajaba, reía, pero algo dentro de mí siempre se arrastraba. A veces pensaba: “solo necesito un descanso, solo un poco de silencio”, pero el ruido interior nunca cesaba.
Aprendí a funcionar con el miedo a cuestas. A ser eficiente, responsable, amable, incluso mientras por dentro todo temblaba.
 
Es curioso cómo la sociedad valora tanto la fortaleza exterior. Nadie nota el cansancio del alma porque no se ve. Se esconde detrás de una sonrisa correcta, de una respuesta automática: “Estoy bien, gracias”.
Pero no estaba bien. Había días en que la tristeza era tan profunda que no podía distinguir si pertenecía al presente o a un eco de mi infancia.

 Y ahí entendí algo que me dolió reconocer: tal vez la plenitud no era un destino posible para mí. Tal vez siempre estaría en búsqueda, siempre esperando ese momento en el que “todo iba a mejorar”.
La esperanza puede ser dulce, pero también agotadora cuando se convierte en una promesa que nunca llega.

La niña en la penumbra.
En los momentos de mayor desesperanza, aparece ella. Mi niña interior. Pequeña, vulnerable, con los ojos grandes, llenos de una soledad que parece venir de otro tiempo.

La veo en mi memoria como si la tuviera frente a mí, en una habitación sin luz. Esa niña fue testigo de ausencias, de silencios, de palabras no dichas y de maltratos. Creció sin un adulto confiable que pudiera sostener su miedo, que la abrazara sin juzgarla, que le dijera: “no pasa nada, estoy aquí contigo”.

Y esa carencia se convirtió en herida. Una herida que nunca cerró del todo, que sigue segregando cada vez que la vida me exige ser valiente. Porque cuando tengo miedo, no es la mujer adulta la que tiembla: es ella, esa niña que sigue esperando consuelo y protección.

A veces me miro al espejo y la veo reflejada en mis ojos. La reconozco en mis dudas, en mi manera de replegarme para que nadie me vea, en mi tendencia a disculparme por existir. Y me invade una culpa profunda: la de no haberla protegido, de no haberla escuchado cuando más me necesitaba.

He comprendido que mi historia no se trata solo del miedo, sino de ella: de una niña que no fue consolada ni atendida. Todo lo que he hecho, las búsquedas, los fracasos, los intentos, las huidas… todo ha sido, en el fondo, una manera de buscar ese abrazo que nunca llegó.

Hoy, cuando cierro los ojos, intento hablarle: “No fue tu culpa. No eras tú la que debía ser fuerte. No tenías por qué cargar con tanto. No estás sola ahora.”

Y aunque a veces mi voz tiembla, sigo intentándolo. Porque si logro sanar algo, aunque sea una grieta, sé que será a través de ella.

La infancia, un tesoro. 
He llegado a entender que la infancia es el mayor tesoro de la vida, más valioso que cualquier logro o posesión. Y su cuidado no debería ser una opción, sino una obligación de todos los que rodean a un niño. Un niño necesita amor, comprensión, presencia. Necesita que alguien lo mire y le diga: “te veo, estás a salvo”.

Cuando pienso en mi propia infancia, la resumo en dos palabras: miedo y tristeza.

No fueron episodios aislados, sino una atmósfera constante, como una niebla que me acompañaba a todas partes. Pero entre esa oscuridad también hubo destellos: risas, juegos breves, momentos de ternura. Pequeñas flores que crecían entre las ranuras del cemento.

A veces me aferro a esos recuerdos luminosos. Me ayudan a recordar que la vida no fue solo dolor, que incluso en medio del miedo hubo instantes de belleza que me salvaron, aunque yo no lo supiera entonces.

Por eso, cuando veo a un niño hoy, siento un impulso casi sagrado de protegerlo.
De recordarle a quien sea su cuidador que el amor es la base de todo. Que una palabra a tiempo, una mirada atenta, un abrazo sincero pueden cambiar el destino de un alma.

Cuidemos la infancia como el tesoro invaluable que es. Protejamos su inocencia, alimentemos su imaginación, su derecho a soñar. La infancia es un instante fugaz, y cuando se desvanece, deja marcas que duran toda la vida.

Aprender a caminar con la sombra. Durante años intenté huir del miedo, combatirlo, negarlo. Creía que solo podía vivir plenamente si lo eliminaba por completo. Pero ahora sé que no se trata de vencerlo, sino de aprender a vivir con él.

El miedo es parte de mí. A veces me advierte, otras me limita. Me recuerda mi fragilidad, pero también mi capacidad de resistencia. Ya no lo veo como un enemigo, sino como un maestro que me obliga a mirar lo que más temo ver.
Cada vez que lo enfrento, algo cambia. No se disuelve, pero se transforma. Pierde parte de su poder cuando lo nombro, cuando lo reconozco. El miedo deja de ser un monstruo cuando se convierte en una voz que escucho sin obedecer ciegamente.

Hay días en los que todavía me paraliza, y está bien. No siempre tengo que ser valiente. No siempre tengo que poder con todo. La vida no se trata de no tener miedo, sino de seguir avanzando a pesar de él.

A veces, en la quietud de la noche, me sorprendo hablándole como a un viejo conocido: “Aquí estás otra vez. No me asustas tanto como antes. Puedes quedarte, pero ya no dirigirás mis pasos.”

Y entonces, siento un pequeño alivio, una respiración más profunda, una tregua.

La búsqueda que continúa. He pasado la vida buscando: respuestas, paz, amor, sentido. Y he comprendido que quizás la búsqueda misma es la vida. Que no hay llegada definitiva, ni plenitud constante.

Siempre habrá días luminosos y también días grises, momentos de certeza y otros de confusión.
Lo importante, creo, es no dejar de mirar hacia adentro. De seguir escuchando a la niña, de seguir aprendiendo a cuidarla. De seguir reconociendo al miedo, pero también a la esperanza.
Porque, a pesar de todo, sigo creyendo que lo que viene puede mejorar algo.
Que, de algún modo, cada amanecer me da una nueva oportunidad para comprender, para perdonar, para soltar.

A veces me siento cansada de tanto andar, sí. Pero también reconozco que en ese cansancio hay sabiduría: la de quien ha vivido, ha caído y ha vuelto a levantarse muchas veces.
Y si mis palabras llegan a alguien que también vive con miedo, quiero decirle esto: No estás solo. El miedo no es una condena, es una señal de que estás vivo, de que algo en ti todavía anhela protegerse. No lo rechaces del todo; míralo, escúchalo, pero no permitas que te gobierne.

Vivir a través del miedo no significa rendirse a él, sino atravesarlo con conciencia.
Significa seguir adelante con el corazón temblando, pero abierto.

Epílogo: la paz posible. 
Hoy, mientras escribo estas líneas, me observo. La mujer que soy, la que abraza, por fin, a la niña que fue. No con la seguridad de haber sanado todo, sino con la ternura de quien acepta sus cicatrices.
Sigo sintiendo miedo, sí. Pero también siento amor, y gratitud, y un cansancio sereno que ya no me asusta. He aprendido que la vida no se trata de vencer todas las sombras, sino de caminar entre ellas con la cabeza erguida.
Y aunque no haya una plenitud absoluta, hay instantes. Pequeños.."
Luisa Rodriguez 

Son editoriales diferentes, y siento que estoy cerca de ganarme un premio mayor. Pero en estos momentos es importante saber que avanzo en lo que más me gusta: escribir..

Gracias por leerme..

Comentarios

  1. Luisa que hermoso ❤️ felicitaciones, me identifique con el cuento del miedo. Me ví allí . Que hermoso

    ResponderBorrar
  2. Que lindo que te gustó, y hay historias que nos identifican. Un abrazo

    ResponderBorrar

Publicar un comentario