Ella quería volver
Este relato quise escribirlo en tercera persona, como quien se observa desde lejos para entender mejor cada gesto, cada herida, cada latido. Pero, aunque la voz se esconda detrás de una narradora, lo que aquí se cuenta nace de una verdad profundamente sentida en primera persona.
Hay quienes me entienden porque me conocen, porque han sido testigos silenciosos de mis dudas, mis quiebres y mis renacimientos. Otros me comprenden porque han vivido lo mismo: el acto desgarrador y valiente de emigrar, ese viaje que no solo nos desprende de un territorio, sino también de partes de nosotros que creíamos inamovibles. Y en ese espejo compartido, nos reconocemos.
Ya volví.
Ya estoy en mi tierra.
Y el regreso se siente como el abrazo de una niña que al fin encuentra los brazos tibios de su madre después de días que parecieron años.
Aquí el sol no solo ilumina: consuela. Aquí el mar no solo moja: sostiene. Aquí la gente no solo sonríe: abraza con una amabilidad que estuvo siempre, pero que ahora puedo ver con la claridad que solo dan las ausencias.
Hoy puedo apreciar su generosidad sin miedo a perderla, porque he aprendido que uno también vuelve diferente. Me reconozco como una hija que un día se fue para sobrevivir, pero que retorna fortalecida, con la mirada lavada por las experiencias, con el corazón más ancho y el alma más humilde.
Regreso no para ser la de antes, sino para ser más yo que nunca.
Este relato fue creado para un concurso literario internacional: "Memoria y duelo"
Y aunque no gané, estos fueron los comentarios de la editorial:
"Estimada
Luisa Rodríguez:
Entre los 689 cuentos recibidos, el tuyo —“Ella quería volver”— fue uno de los que logró llegar a la final al conquistar al jurado del Concurso Internacional de Cuento “Memoria y duelo” convocado por Editorial Etérea. ¡Felicitaciones por ello!
Con respecto a tu cuento, el jurado otorgó el siguiente puntaje y concepto:
Puntaje final: 95/100
Originalidad y sensibilidad en el enfoque: 19/20
Impacto emocional y resonancia temática: 19/20
Profundidad del conflicto y desarrollo del personaje: 19/20
Calidad literaria: estilo, ritmo y estructura: 19/20
Coherencia interna del relato como unidad narrativa: 19/20
Comentario del jurado:
El relato construye un viaje interior donde el exilio se vuelve territorio emocional antes que geográfico. La narración muestra cómo el cuerpo comienza a expresar aquello que la conciencia se niega a nombrar, permitiendo seguir el tránsito desde la negación hasta el llamado profundo al regreso. Las escenas abren un espacio donde memoria, identidad y pertenencia se entrelazan sin idealizar la tierra perdida. El cierre deja una resonancia que subraya la fuerza del retorno como acto de integración y como gesto que permite reconciliar dolor, origen y futuro."
"Ella quería volver"
Habían pasado más de ocho años lejos de su tierra, lejos de su familia, lejos de sí misma. Ocho años que no eran solo tiempo: eran una condena extendida, una eternidad de silencios y ausencias.
Cuando partió, lo hizo con rabia y con miedo. Con el corazón endurecido por una dictadura que no perdonaba disidencias ni sueños, huyó con sus hijos ya adultos —pero todavía necesitados de su apoyo— como quien escapa de un incendio: sin mirar atrás, sin despedirse, sin permitir que la memoria la alcanzara. El exilio fue su refugio, pero también su cárcel.
Durante años se negó a escuchar noticias, a pronunciar nombres, a dejar que su país volviera a tocarla. Cuando alguien mencionaba la patria, ella cambiaba de tema, bajaba la mirada, cerraba las ventanas del alma. No quería saber. Juró que nada, nunca más, la ataría a aquella nación que la había expulsado con violencia.
Sus hijos aprendieron nuevas costumbres, hablaron otros acentos, echaron raíces en otras tierras. Ella, en cambio, se aferró al silencio. Pero en secreto guardaba los sabores de su infancia, el eco de los cantos de juventud, la memoria del mar que tanto extrañaba. A veces, en sueños, regresaba inconscientemente: caminaba descalza por calles polvorientas, sentía el olor del café recién colado, escuchaba una voz que la llamaba por su nombre de niña: Chela! Y despertaba con lágrimas que no sabía explicar.
El tiempo pasó despacio, entre tristezas y alegrías, con amores, desengaños y aprendizajes, pero también con un dolor profundo que se fue metiendo en su cuerpo. Su espalda comenzó a doblarse bajo un peso invisible, y un dolor persistente la acompañaba de día y de noche, como si su propio cuerpo gritara lo que ella se negaba a aceptar: que el exilio ya no la protegía, que la estaba consumiendo.
Hasta que una mañana cualquiera, mientras se vestía frente al espejo, se miró de verdad por primera vez en mucho tiempo. Había una sombra en sus ojos, un cansancio que no era solo físico. Se dio cuenta de que había sobrevivido, sí, pero a costa de apagarse lentamente. Sintió entonces que su cuerpo era un mensajero, que le hablaba en el lenguaje del alma. Cada contractura, cada punzada, cada insomnio, le recordaba algo no resuelto. Era un duelo que no había llorado, la rabia que no había soltado, la tierra que no había perdonado.
Comenzó, poco a poco, un trabajo interior. No sabía cómo nombrarlo: oración, meditación, terapia, búsqueda. En realidad, era un dialogo con su propia alma. Aprendió a escuchar su respiración, a reconocer las voces que aún la habitaban. Entendió que el exilio mas profundo no era el geográfico, sino emocional. Había huido de un país, pero también de partes de si misma.
A veces mientras tejía o caminaba sola por las calles, se sorprendía hablando en voz baja con su país. Le pedía perdón. Lo perdonaba. Le daba las gracias por haberla hecho fuerte, por haberla obligado a reinventarse, por haberle mostrado la sombra para poder reconocer la luz.
Comenzó a comprender que su historia, que aunque dolorosa, era también una historia de evolución. Que la herida podía volverse maestra. Que todo exilio, al final, conduce al encuentro con la esencia.
Después de haber escuchado a unos amigos que se atrevieron a volver hablar del sabor de la comida, del calor de las calles, del sol que encandilaba como un viejo amor. Algo dentro de ella se movió. Era más que nostalgia, era un llamado. Una voz suave y antigua que le decía: “ya estás lista”.
La rabia se había gastado, el dolor seguía vivo, pero ya no dominaba. Lo que quedaba era una necesidad honda, irrefrenable: reconciliarse. Volver. Caminar otra vez por esas calles, aunque fueran otras, aunque el país ya no fuera el mismo.
“¿Cómo negarle amor a mi tierra?”, pensó. La tierra que le dio educación, amistades, hijos, amores y coraje. La tierra que la había herido, sí, pero que también la había formado.
Ahora entendía, desde las entrañas, lo que Carl Jung llamaba inconsciente colectivo: esa memoria que vibra en cada compatriota, esa herida compartida que late en lo profundo. Cada hermano que encontraba en su exilio llevaba su propio relato de dolor, rabia, incertidumbre. Y, sin embargo, en cada palabra surgía también algo más: un amor inexplicable, un orgullo obstinado de pertenecer a una nación que, pese a todo, los seguía llamando.
Ella recordaba las voces que acusaban: “No hemos sabido luchar, nos faltó coraje”. Pero al repasar la historia comprendía que sí habían luchado, esa lucha era real y se reflejaba: en cuerpos torturados, en jóvenes asesinados, en familias que se rompieron, en bocas que pasaron hambre, en lágrimas que aún no se secan. Esa también era una forma de lucha: sobrevivir.
Comprendió entonces que el regreso no era solo geográfico: era espiritual. Era la posibilidad de abrazar lo que antes rechazó, de integrar sus partes fragmentadas, de mirar a la niña, a la adolescente y a la mujer joven que fue y decirle: “ya puedes volver a casa”.
Sabía que no encontraría la tierra que dejó. Tal vez hallaría decepción, tal vez la nostalgia convertida en polvo. Pero también sabía que allí, en esa patria, aguardaba una parte de sí misma, la mujer que quedó detenida en el tiempo, esperando su regreso.
Y entonces, entre temblores y esperanza, entendió que volver no era rendirse: era, al fin, atreverse a cerrar un círculo.
Hoy, mientras recoge lo poco que le pertenece, mientras decide que dejar atrás, descubre que ya no tiene apegos. Solo la certeza que su alma pide volver. De que el vacío que la habita solo podrá llenarse caminando otra vez por esa tierra que la hiere y la llama.
Ella quería volver. Y esta vez, lo haría con conciencia, con humildad y con amor. Volvería no para reclamar, sino para agradecer. No para olvidar, sino para integrar. Volvería, finalmente, para encontrarse consigo misma."
Luisa Rodriguez
Es un relato que preparé para un concurso de escritura creativa sobre la inmigración y el inconsciente colectivo..
Esta es la evaluación del jurado:
"Luisa Rodríguez:
Entre los 689 cuentos recibidos, el tuyo —“Ella quería volver”— fue uno de los que logró llegar a la final al conquistar al jurado del Concurso Internacional de Cuento “Memoria y duelo” convocado por Editorial Etérea. ¡Felicitaciones por ello!
Con respecto a tu cuento, el jurado otorgó el siguiente puntaje y concepto:
Puntaje final: 95/100
Originalidad y sensibilidad en el enfoque: 19/20
Impacto emocional y resonancia temática: 19/20
Profundidad del conflicto y desarrollo del personaje: 19/20
Calidad literaria: estilo, ritmo y estructura: 19/20
Coherencia interna del relato como unidad narrativa: 19/20
Comentario del jurado:
El relato construye un viaje interior donde el exilio se vuelve territorio emocional antes que geográfico. La narración muestra cómo el cuerpo comienza a expresar aquello que la conciencia se niega a nombrar, permitiendo seguir el tránsito desde la negación hasta el llamado profundo al regreso. Las escenas abren un espacio donde memoria, identidad y pertenencia se entrelazan sin idealizar la tierra perdida. El cierre deja una resonancia que subraya la fuerza del retorno como acto de integración y como gesto que permite reconciliar dolor, origen y futuro."
Para mi escribirlo fue muy emocional, cada frase me salió del corazón ❤️
Que hermoso relato mi querida Luisa y tal como lo expresas es el sentir de muchos y muchas venezolanos que estamos lejos de nuestro hermoso país, gracias por compartir y no pares de escribir.
ResponderBorrarGracias amiga, estoy cultivando la sinceridad en lo que expreso..
ResponderBorrarAuténticamente tu, auténtico sentir el que expresas en esa reconciliación, en ese reencuentro con la tierra que te vio nacer, que te vio partir y que ahora te vuelve a mirar y te recibe cual madre que sabe que le perteneces, aunque te hayas enojado y te hayas separado para crecer, para transformarte y volver para trascender junto a ella el sabor de los sinsabores pasados!
ResponderBorrarQue hermosa amiga, así es, mi tierra me estaba esperando. Gracias por leerme. Besos
ResponderBorrarQue hermoso ❤️ amiga linda, nunca es tarde para volver a nuestra tierra, vivir fuera de nuestro país es un saco lleno de aprendizajes, que nos fortalece y nos ayuda a crecer como ser humano y a valorar aún más lo que dejamos atrás, es comenzar de nuevo pero más fuertes y con más ganas
ResponderBorrarte felicito amiga ❤️